Eddy Ochoa Guzmán - Entrevista

CUANDO EL SOL SALE DE NOCHE

POR  Reinaldo Cedeño Pineda

SUMARIO:

“La mano de un artista todo lo cambia”. Historias de un policía y un pincel. La misteriosa luz de sus paisajes nocturnos. “Hay quien me ha dicho: quisiera estar dentro de un paisaje tuyo”. La suprema belleza del agua.  Un pintor que hace canciones.

  Un pedazo minúsculo de la naturaleza cubana, en medio de la ciudad: eso es la casa de Eddy Ochoa Guzmán.

   En un rincón, la malanga exhibe su hoja grande y verdecida; o un árbol en miniatura, un bonsai, aprieta sus frutillos a un tallo de juguete; o el pájaro cantor, sabe trinar al sol. Aún puede verse algún cactus, cuya colección desbordó su casa, con sus espinas y flores.

   Entre la pintura y la música, la vida le ha sorprendido a los 50 años con el espíritu de un niño, en una actividad febril. Y es feliz por eso.

 Sus paisajes alivian.

 El artista ha sabido recoger el río que le sale desde dentro, y pintarlo con los colores que ve desde fuera.

La Naturaleza Era Mi Fiesta 

Inmenso le parecía a este niño, la corriente del río Yumurí, por el Alto del Fuerte, en la serranía de Baracoa. Allí, donde antiguamente existió un fortín español, entre el mito y la historia, nace el 27 de diciembre de 1952.

“Tengo en la mente ahora mismo ese ambiente.  Yo le tenía amor y le tenía pánico a aquel río, y en mi memoria están prendidos esos recuerdos como ningún otro. La naturaleza era mi fiesta”.

   Su padre fue combatiente rebelde en la Sierra Maestra, y la familia se traslada hasta la capital de todo el Oriente cubano, Santiago de Cuba, al triunfar la revolución en la Isla. Eddy apenas cuenta ocho años, y aunque se adaptó bien al violento cambio de hábitat, aquellas luces no se apagarían jamás. 

  Una beca lo lleva a la capital cubana, hasta que decide hacer la prueba en la Academia de San Alejandro; pero la casualidad en la disponibilidad de plazas, sólo le posibilita ir hasta la Escuela Provincial de Artes de Pinar del Río, la más occidental de las provincias cubanas.

   Lo que para otros, tal vez hubiera sido frustrante, resultó para Ochoa el encuentro no sólo con la tierra del mejor tabaco del mundo, sino con un territorio de una paisajística excepcional. Las vegas, las palmas y las orquídeas, han encontrado suelo feraz junto a una especial formación topográfica de mogotes aislados: el Valle de Viñales. Aunque estará poco tiempo, suficiente para que la belleza le creciera la mirada.    

  “Aprendí mucho del maestro Domingo Ramos y sus paisajes del Valle. Todos los días me paraba para ver toda la técnica que utilizaba para pintar. Ya en Santiago de Cuba, me ayudó mucho Armando Rodríguez, un excelente pintor y muy rebelde en cuanto a sus criterios. Nos decía que fuéramos en tiempo extra a la escuela a hacer paisajes, y cogí algunos detalles con él”.

  El fruto de su formación hallará eclosión en el estudio autodidacto, aunque cerca de un bienio estaría en la santiaguera Escuela de Artes Plásticas José Joaquín Tejada. Algunos miraban la paisajística por encima del hombro.

  “Choqué en Santiago de Cuba con la pintura moderna. Me rechazaron un poco, por lo que pasé mucho trabajo; pero tuve la suerte de que pintores como Ferrer Cabello y Aguilera Vicente, apoyaban mucho lo que yo hacía.

   “En una ocasión, cuando empecé a pintar el paisaje,  comenté que tenía problemas con los materiales, y Aguilera Vicente me llevó un juego de pinceles chinos. Fue un impulso como cuando estás en medio del río en una balsa, y te impulsan hasta la otra orilla”.

 Contrapunteo de Azul y Verde

Sin embargo, los caminos  artísticos parecieron perderse, cuando comienza a trabajar como instructor policial o especialista en Criminalística, mas la naturaleza le había dejado una marca que estaba por encima de todo. Incluso, hay anécdotas en las que se demuestra como a algunos no le cabía tal dicotomía.

   “Una vez llego a un lugar con uniforme de policía, y algunos que no me conocían se extrañaron. Entonces, se creó una especie de encuesta para ver si entre los que estaban allí, italianos, franceses, norteamericanos y cubanos, conocían a algún policía que pintara”.

  -¿Cuál fue el resultado?

   “Al menos allí, nadie conocía a ninguno. Algunos no me entendían. Cuando tenía guardia, muchas veces pintaba el paisaje, y otras veces me lo pedían, y yo accedía con gusto. Por las características de mi trabajo tenía que moverme mucho a los municipios, y me fui llenando de todas aquellas imágenes.

   “Tuve una etapa en que hacía paisajes que eran como mujeres con el pelo largo. Es una idea que me surge una vez que salgo rumbo al poblado de Dos Bocas, porque había una montaña que parecía el pelo desplegado de una mujer, con su fondo natural de palmas.

   “El paisajista tiene que mirar mucho a su alrededor, para grabar en su memoria muchos elementos que después le han de servir. Yo entonces solía pintar con “centropen” (a tinta), porque era más fácil en mi oficina, que desplegar toda la preparación que requiere el óleo. En realidad era un poco raro ver a un policía que pintara”.

   En una especie de contrapunteo entre verde y azul, entre el color del uniforme y su afición a la naturaleza, se las arregló para hacer convivir ambas cosas. Como artista al fin, supo sacarle partido, y al final, hacerlas coincidir, cuando comenzó a hacer retratos hablados, cuantas veces decisivos en la identificación de personas.

   “El retrato hablado no es más que la descripción gráfica de una persona, y tú creas la figura con un creyón. Eso funciona mucho con la siquis y la memoria de la persona; depende de la edad de la persona y de la hora. Cuando empecé no había computadoras, todo era a mano, y varias veces me llamaron para casos grandes”.

   Uno de estos fue un suceso criminal, donde el testigo más importante no había logrado ver el rostro del victimario. La imaginación y el talento del artista, se pondría al servicio de la justicia.

   “Se me ocurrió preguntarle si se parecía a alguien, y con esa referencia, una fotografía y otros detalles, tracé el rostro. Después supe que lo habían capturado. Todo eso fue hecho a mano. La computadora es algo muy avanzado; pero cuando se conforma el retrato, muchas veces hay que ir a la mano, porque puede tener un marca peculiar u otro detalle difícil de lograr, o puede salir una imagen muy rígida.

   “Sigo creyendo que hay ciertos rasgos, ciertas sombras… que se manejan -como el claroscuro-, que son logrados mejor fuera de la máquina, y son esas características las que hacen precisamente que una persona sea esa y no otra”.

 CONTRAPUNTEO DE VERDE Y NEGRO

   La primera exposición personal de Ochoa (Dos facetas del paisaje) fue en 1989, en la biblioteca Elvira Cape, en la arteria cultural santiaguera: Heredia; aunque desde 1975, había estado presente junto a otro grupo de artistas del pincel, y  suma una veintena de exposiciones colectivas.

    Su hijo, de igual nombre, y cursando la carrera universitaria de Historia del Arte, tiene ya un criterio fundamentado de su padre como artista: es muy sincero, al defender el paisaje como tema artístico, desde una óptica exultante, de defensa de la belleza, y de rescate de la naturaleza.

   “Yo  miro el paisaje desde el punto de vista de la ecología, en mi paisaje no hay nada humano. A veces, dibujo un camino por donde pasó un hombre, porque el hombre en su afán de vivir y desarrollarse, transforma el medio y muchas veces lo daña. El paisaje no se va a dejar de pintar nunca, porque siempre el hombre añora el medio, lo busca. 

  “Uno tiene que aprender a mirar los lugares. Se puede tirar una fotografía, pero hoy no es fácil tomar un caballete e irte al campo. Las fotografías son mis bocetos, y a partir de ahí, empiezo a crear el paisaje. Muchos de mis paisajes tienen agua, el agua es de una belleza inigualable, y es fuente de vida.

  “Yo hice un trabajo alrededor del río San Juan, un arroyo por el que la gente pasa y no lo ve.  Comencé a revivirlo, a crear el ambiente natural del paisaje, tal como hubiera sido. La gente me ha preguntado que si era un lugar de allá, de la Sierra Maestra; pero los afluentes de este río, son aguas albañales. La mano de un artista todo lo cambia”.

    -Hay un evidente frenesí del verde en su pintura, una exuberancia…

  “Sí, yo voy creando el follaje, lo voy trayendo, que se vea lo más real posible. En vez del detalle, prefiero las frondosidades. Me gusta hacer mucho follaje tupido: es el puro placer del verde.

  “Hay un pintor neoyorquino, Peter Coe, que decía que él vivía en una ciudad de acero y concreto, donde la gente tenía mucha añoranza por el campo. Sólo ven árboles en fotografías o “árboles presos” en  un parque, presos como un pájaro en su jaula.

   “En la música, algunos que hacen música clásica, y piensan que eso es la música culta, y la otra no. Así pasa en la danza, el ballet y el folclor; pero en la práctica, el hombre siempre ama a la naturaleza, y la figura humana. Yo pinto para el que tiene conocimiento del arte, y para el que asiste por primera vez a una galería. A quien me ha dicho:  ‘quisiera estar dentro de un paisaje tuyo’.

“El arte debe llenar a las personas de belleza, que sienta la frescura  del paisaje, ante este medio violento en que vivimos. El paisaje es un toque de armonía, de alegría. Hacer paisajes no es fácil”.

 -Pero, al lado de toda esa frondosidad, hemos visto algo bastante inusitado: los paisajes nocturnos. ¿Por qué?

  “Casi todo el mundo hace paisajes de día; pero un día, estoy ingresado en el hospital, y por la ventana había un faro que alumbraba un lugar del paisaje. Yo me dije: ‘mira como el hombre, a  través de un medio artificial, puede iluminar una parte del paisaje que no se ve”.

  “Cuando ilumino un paisaje, no hay dudas de que más allá, sigue existiendo, aunque no se lo divise claramente. Es un problema sicológico el paisaje, lo estoy insinuando”.

  -¿ Y qué encanto hay en el paisaje nocturno?

  “El encanto es lograr la fuerza de la luz, dentro de la parte oscura del paisaje”.

   -¿Y puede haber luz dentro de esa negrura?

   “Esa luz la busco yo, esa luz que yo pongo artificialmente en un lugar, viene de un lugar místico. Es un paisaje distinto, por eso quizás he llamado la atención en el mundo del paisaje; nunca me ha gustado parecerme a los demás. El paisaje se ha pintado de mil formas, y esta es una nueva forma de verlo”.

-Algunos dicen que es muy difícil hacer un paisaje en Cuba, no haber sentido el influjo de Tomás Sánchez, un paisajista cubano de fama universal. ¿Hasta dónde usted comparte una afirmación tan rotunda?

  “También han dicho que cuando uno piensa hacer algo, ya Tomás Sánchez lo hizo. Son opiniones reverentes de críticos, dada la magnitud de la obra de Tomás Sánchez. Para mí, hace un arte sublime. Yo advierto un cierto toque en él, si se quiere hasta primitivo. Logra muchos detalles que el académico no pone y destaca algunos elementos que no es posible ver a esa distancia que escoge, y eso me resulta muy interesante. Yo siento su influencia; pero hago lo mío”.

 LA FIESTA DE LAS FLORES

   Eddy Ochoa es de  los agradecidos, y es un caballero; pero cuando lo retan, salta al ruedo. No llama al mundo para que lo aclame, sabe emocionarlo desde el lienzo. 

  La República Dominicana, la isla vecina del Caribe, ha abierto sus galerías a Ochoa. Muestras como Presencia Infinita y Sueños de media noche, con excelentes acogidas de crítica y público general, así lo demuestran. Pero, sus sueños de creación no acaban ahí.

   Muchas veces, cuando está pintando, le llega al oído una melodía, y sin perder tiempo, deja el pincel y tararea aquella melodía frente a la grabadora. También le asalta de madrugada ese duende sonoro, en las madrugadas. Que lo diga su propia esposa, María Aurora, que ha cosechado no pocos sustos, cuando lo ve levantarse de madrugada. Ella es también responsable de algunas de sus cascadas pictóricas.

   Está al frente de la formación musical de los niños del Proyecto Primavera, y varios de sus temas han sido reconocidos en el más importante Festival de la Canción Infantil del país, llamado Cantándole al sol. Inclusive quiso el destino que la televisión cubana despidiese el Segundo Milenio, con un tema suyo en una gigante cantoría infantil: ¡Que lindo se ve Santiago! , parece un cachumbambé… ¡que lindo es!

  Hay que ver a su nieta Daniela, como baila al compás de la música del abuelo, y con ella, sus amiguitas del barrio.

  -¿Dónde está la relación entre la canción infantil y la pintura?    

  “Soy amante de lo bello, de lo virgen, y el niño en su forma de pensar, es tan virgen como el paisaje, es algo que no está contaminado”.


La Fiesta de las Flores, por Eddy Ochoa
Amiguito los invito
a la fiesta de las flores,
donde lo colores
se van a repartir;
pero como será en sueños
nos tenemos que dormir…

-¿Si te dieran a escoger ahora mismo, entre la pintura y la música, por cuál decidirías?
“Soy un pintor, pero un pintor que hace canciones”.

   

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