Antonio Ferrer Cabello - Entrevista

Retrato de un Carácter

Por Reinaldo Cedeño Pineda

SUMARIO:

Las sombras de Santiago son luminosas. El único sobreviviente de una generación de mitos en la Academia de San Alejandro. Creador de la primera Galería en la historia de su ciudad. Pintor de sicologías, no de rostros .”El carnaval, lo llevo dentro”.

    Todos los días, sin faltar uno, hará no sé sabe cuantos años ya, Ferrer Cabello asciende los escalones hasta su estudio. En el tercer piso de San Pedro esquina a Heredia, justo en el corazón de Santiago, sube paso a paso,  y mira por la ventana, la ciudad recortada, o retenida en alguna acuarela.

   Si extiende la mano, casi podría tocar la Catedral, aunque por ello mismo sólo pueda ver a lo lejos, un minúsculo pedazo de mar. El Parque Céspedes se le dibuja a cada hora diferente, con la gente deprisa o esperando; mientras los techos reverberan y las calles sinuosas se pierden en un declive o se derraman en una escalinata.

   Sin importar el bocinazo del auto que baja o la música que sube, toma el pincel. Ha sido alumno de ilustres pintores de Cuba, y maestro de generaciones. Las anécdotas, apretadas en racimo, entregan su increíble vino: mientras más añejo, más exquisito.

   Por sus manos ha pasado barro y óleo, brocha y espátula,  retrato y paisaje. El rostro es sereno, pero su vida legendaria, ha tenido rápidos y cascadas.  Un siglo desfila por sus memorias.

 SANTIAGO ES UN CARNAVAL

   "Observo a la ciudad, la contemplo, miro la diversidad de luces que hay por distintas situaciones atmosféricas, el nublado, la neblina,  o cuando está muy claro... una diversidad de aspectos de ese paisaje que siempre me fascina y me da momentos de estudio y apreciación.

    El mejor momento para pintarla es por la mañana, porque en otro momento, varía mucho, sopla el viento sur y las nubes se trasladan. La mañana es lo más estable.

   "Santiago tiene una característica muy linda, muy emotiva, y no siempre es igual. Luego, tiene alrededor de la ciudad, la Sierra Maestra, las montañas, y eso es interesante. Me decía mi profesor y amigo, Rodolfo Hernández Giro que había que tener mucho cuidado con el paisaje urbano, porque muchas veces, las montañas se veían tan cerca que parecían estar sobre los techos de la ciudad. Y no es fácil situar las montañas en su justo medio, si el pintor se descuida, le puede pasar.

   "Santiago tiene un sol muy fuerte, creo que es más fuerte que en el resto de la Isla, que en el Occidente. Hay una característica de la que he hecho conciencia y la he estudiado. En Santiago no hay, no puedes poner una sombra violeta, ni una sombra oscura; las sombras son brillantes, tan luminosas como la luz.

   "Hay que tener cuidado porque de lo contrario, resultan sombras sucias, no con toda esa brillantez que  tienen. Santiago de Cuba es un cachumbambé, cuando no se está subiendo, se está bajando, y esa forma accidentada la hace muy interesante".

  -Ferrer, usted se inscribe en una tradición de grandes maestros, que han pintado a la ciudad. ¿Hasta dónde una continuidad, o una ruptura?

   "Mira, los plásticos anteriores, y grandes maestros como Tejada, Hernández Giro, Bofill y otros, no  pudieron captar eso. En mi opinión, se conformaron, sin ir a buscar la luz específica de Santiago; ese calor que ha de haber en el cuadro. Hay quienes me han dicho: 'cuando veo tus cuadros, veo el calor de Santiago, de la calle, del paisaje'.

  -Bueno, pero ahí están sus obras hablándonos de una técnica impecable...

 "Sí... José Joaquín Tejada, por ejemplo. ¡Tejada hizo paisajes hermosos! La calle del Guayo, por ejemplo, lo hizo muy bien, con gran maestría. Se llamaba así, porque allí se rallaban los mulos en ese empedrado; pero tal vez todavía haya una visión un tanto europea. Sí reflejaba el paisaje de nuestras ciudades, eso no hay quien se atreva ni pueda negarlo; mas esa luz de diana, no tiene la fuerza que da en el arte el impresionismo, por ejemplo.

  "Bofill hizo unas acuarelas preciosas, de una maestría absoluta, pero no se fue  al problema de la luz, pienso que quizás se conformó con los colores que tenía. El único que se acercó bastante a eso que te digo, y captó la luz, fue Rodolfo Hernández Giro. Hay que estudiar estas cosas en Santiago de Cuba.

    "Juan Emilio y Rodolfo Hernández Giro hicieron acuarelas brillantes, estupendas. Rodolfo era más espontáneo, y Juan Emilio, era más acabado, pero más inquisitivo. Buscaba la perfección, llegó a ser la acuarela que parecía óleo, sin sacrificar la transparencia.

  "Con Rodolfo salía a hacer  acuarelas, cuando no había la actual carretera hacia la Gran Piedra -voluminosa estructura pétrea que corona una montaña Sierra Maestra-. Subíamos a pie, porque no existía entonces la carretera de hoy; o íbamos a la bahía. Rodolfo era mucho mayor que yo, entonces yo era un muchachón; ahora tengo más edad que la que él tenía entonces".

  -¿Y usted cómo ha intentado resolver estas particularidades de la luz?

  "En el contraste de los colores. No se puede uno apartar para reflejar a Santiago, de toda una intensidad, un colorido. Es algo muy especial, el problema del sol y el resol. Alguien lo estudió, como el pintor y profesor Justo Orozco Novín. Habló de los colores de la fachada, de esos temas, aunque no lo llevó a la pintura.

  "Lo resuelvo, estudiando, viendo, observando. Tratando de limpiar la paleta, como se conoce en este argot. Limpiar la paleta es buscar la manera de resolver la situación sin ensuciar el color. Lo mismo en la naturaleza muerta,  que en el paisaje, todos los genios de la pintura lo tuvieron en cuenta, porque es también un medio de enseñanza del pintor.

  "Eso se logra, luchando con los colores, los colores frescos. A veces uno ensucia el color, y sigue, no sé da cuenta, y sale un color opaco, un color sucio.

  "Uno se va haciendo en el trajín, pero hay que estudiar con un propósito, porque tenemos la desgracia de que muchos estudian y se gradúan, y ya piensan que han terminado. Y el pintor tiene que estar continuamente estudiando, experimentando, haciendo cosas, como si compusieras una pieza musical.

   "Me da pena ver como muchos jóvenes, jóvenes talentosos que los tenemos, creen que todo lo que sale de su paleta es perfecto, es lo definitivo... yo pienso que hay que experimentar, hay que bocetar".

  -Pero, a estas alturas, ¿todavía hace bocetos?   

   "Trabajo a mi manera: un toque, un efecto, eso va surgiendo en el camino. Yo hacía mis apuntes y señalaba los colores. Pero hay muchas cosas en las calles  de Santiago que salen de adentro. No se concreta a lo que veo, sino a lo que estoy sintiendo.

  "Si llevas un cuadro mío a una calle, verás que hay cosas que no son así. Yo no pinto solamente lo que veo, sino lo que pasa por mi interior, y  eso lo vuelco. Uso mucho la espátula para darle ese efecto táctil.

   "No he ido mecánicamente al óleo, he vivido el rincón, lo he disfrutado y luego sale la obra, si sale. Siempre hay cosas así; hay cosas que en el primer intento no salen, y lo repito hasta lograrlo. Todavía a mis años, sigo haciendo apuntes, bocetos y dibujos".

 -¿Toma apuntes, incluso,  para sus numerosos cuadros sobre el carnaval?

    "Sí, para el carnaval, he tomado apuntes, pero muy ligeros. En este caso, prefiero sentarme ante el lienzo y empiezo a recordar, salen esas imágenes tan ricas, tan dinámicas, y por eso he hecho varios cuadros sobre el carnaval. Santiago es un carnaval".

  "El carnaval lo llevo dentro. Ese movimiento es también mío, me gusta la rumba, el baile, lo disfruto, he arrollado, me he metido en la conga. Me entusiasma ver bailar la rumba, y todo ello tiene una riqueza y unos colores increíbles".

   -¿Cuáles son los lugares que más ha pintado?

   "San Jerónimo, varias veces, por los edificios antiguos, los corredores altos; pero todas las calles de Santiago tienen para mí un motivo extraordinario. En El Tivolí hay cosas tremendas, tiene rincones extraordinarios a los que Botalín le ha sacado muy buen partido. San Jerónimo, San Bartolomé y otras calles, son un cachumbambé, con su sol, sus colores, su vibración".

  -¿Ha pintado otros paisajes fuera de Santiago?

   "Pinté algo en la finca Kolhy, que era donde se daba clases de paisaje en San Alejandro; pero nunca paisaje urbano, eso nació aquí en Santiago. También pinté algo sobre Manzanillo, le tomé unos apuntes"

   Pero, quien hoy puede hablar así, no llegó a la pintura en lecho de rosas; Ferrer  se hizo a la lucha. El caso de que su propio padre fuese un pintor reconocido, no le facilitó demasiado las cosas.

"MI PADRE ME DABA LARGAS"

   "Mi padre, Esteban Ferrer, estudió pintura en Santiago de Cuba, en una Academia de la Diputación Provincial, fue a la guerra del 1895, era veterano, y cuando regresa a su casa, se pone a trabajar. Trabaja cuando Emilio Bacardí  -el primer alcalde santiaguero del siglo XX-, funda la Academia Municipal de Bellas Artes; y entonces forma parte del claustro de profesores

  "Mi padre era discípulo y amigo de Tejada, y también de José Uranio Carbó, ambos pintores.  No se perdía un concierto ni una exposición. Yo fui su primer varón y él me llevaba de muchacho a todo eso. Me fui encariñando con esas actividades, y nunca más me aparté de ellas, pero...

   "En aquel tiempo, no se podía vivir de la pintura, el sueldo del municipio era tan irrisorio, y tenía que sostener una familia que iba creciendo. Por eso, también tenía que hacer decoraciones en iglesias, restauraciones de imágenes y pintura lisa, brocha gorda en fachadas, y todo lo que hubiera que hacer".

   -Naturalmente usted lo vería pintar y...

   "Y me ponía al pie de él para ver como hacía las cosas, y por verlo a él, yo quería también ser pintor; pero siempre me aconsejaba que no debía estudiar pintura, que lo tuviera como un hobby, un entretenimiento, y no como una profesión. Me decía que estudiara derecho, comercio, medicina... que él trataría de ayudarme en lo otro; pero pintura como profesión, ¡no!.

   "Mira, mira a Ramírez Guerra -me decía-  que era dentista: 'cuando no tiene clientes, entonces se pone a pintar'. Bofill era director del Museo Bacardí, pero no podía vivir solamente del salario. Todo el mundo quería que le regalaran las obras, sin tener en cuenta el material que se había gastado, ni el esfuerzo hecho. Tejada era otra cosa, dueño de las minas de manganeso en Ponupo, tenía dinero que le respaldase, no tenía problemas.

   "Mi tío Antonio... era tremendo dibujante, creo que era superior a mi padre, de una limpieza en sus trabajos, extraordinaria; pero se malogró muy temprano".

  -¿Cuándo es la primera vez que se recuerda pintando?

   "Eso debe haber sido,  si mal no recuerdo, alrededor del 29 ó 30, por ahí. Hacía mis cositas. Empecé a hacer mis pininos, ni pensaba irme para La Habana, ni mucho menos. Mi padre me decía: 'yo te voy a mandar a México, tengo un amigo allá, para que tú estudies'; pero todo eso era para entretenerme, me daba largas, no tenía interés alguno.

   "Cuando me decidí me dijo: mi'jo, aquí no hay mercado de arte alguno. Aquí la gente no compra ninguna obra, así que piensa en otra cosa. Pintar, bueno, no te digo que no pintes..."

   Y entre los consejos paternos -con su innegable cuota de verdad-, el tiempo volaba y la vocación se impacientaba. No había obstáculo alguno que no estuviese dispuesto a salvar, y el bisoño Antonio Ferrer Cabello, decidió tomar cartas en el asunto de mano propia.  

    "Reclamamos las seis becas que se le daban a Oriente, para estudiar en San Alejandro. Las becas, la cogían los políticos para los hijos de sus sargentos, y nosotros hicimos una campaña, los jóvenes con aspiraciones. Luchamos para que las devolvieran, los veteranos de la guerra nos apoyaron... Y se devolvieron algunas becas, aunque sólo la mitad de las que correspondían.

   "Para aspirar, se exigían algunos documentos. Le dije a mi padre que me hiciera las gestiones para las cartas de moralidad y buena conducta, y  la de  pobre de solemnidad. Mi padre me decía, sí, sí, sí... te voy a  hacer las gestiones.  Eso lo daba el alcalde, y pasaban los días y los días, y nada. Mi padre estaba ocupado y le daba largas a aquello, y yo mismo hice las gestiones".

    Ni corto ni perezoso, con la decisión como bandera, Ferrer encaminó sus pasos a casa del alcalde. El diálogo que allí  se estableció entre artista y funcionario, es verdaderamente digno de una antología:

-Buenos días, señor alcalde... vengo a verlo, porque necesito un certificado de pobre de solemnidad... para una beca en San Alejandro.
(El alcalde le mira despacio, extrañado, pero lo reconoce, y responde con una interrogante.)
-¿Pero, tú no vives en Santa Lucía 72?
-Sí, soy yo.
-¿Y tú no eres hijo de Ferrer, el pintor?
-Sí, yo mismo.
-¡Ah... pero, entonces, usted no es pobre de solemnidad!
-Yo, sí lo soy.
(El tono empezaba a tornarse duro.)
-¿Y tu padre no es dueño de su casa? ¿No es una casa propia?
-Sí, señor, mi padre es dueño, es suya. ¡Todo es suyo!... yo no tengo nada. Yo soy pobre de solemnidad.

 El alcalde lo miró de pies a cabeza, esbozó una sonrisa... y le tendió el certificado. Luego debió ver a personas principales que le avalaran "la moral y la buena conducta".

EL ABRAZO DE LOS GRANDES: SAN ALEJANDRO

  Enero de 1937, significa para Ferrer Cabello, un cambio radical, cuando pasa a estudiar en la Academia de San Alejandro: La Meca de la pintura en Cuba. Probablemente hoy, sea el único sobreviviente de esa época.

   Al año siguiente de entrar, es ya miembro de la Liga Juvenil Comunista, y presidente de la Asociación de Alumnos, con lo que lideraba el grupo de becados. El estipendio era de 26 pesos y 75 centavos, para todo un mes... y con ello debían arreglárselas para sufragar los gastos de casa, comida, ropa limpia y los materiales de la escuela.

"Pasé muchas necesidades. Entonces, la beca era sólo esa ayuda monetaria, y con eso, había que alquilar una habitación, y comprar los materiales. Los tres, José María Carbonell, Arturo Aramís Paso y yo, en la misma casa. Para ahorrar, en el desayuno, comíamos "bollitos" de frijol carita, que hacían los chinos, y nos íbamos para la escuela".

  La memoria de este artista tiene una claridad tan prístina como sus cuadros, y por esos años desfilan como profesores suyos en diferentes asignaturas, varios de los más grandes artistas plásticos de la historia del arte en la Isla. Y también compañeros de estudio, luego imprescindibles, como René Valdés Cedeño y Servando Cabrera.

   Del dibujo y el modelado de la Escuela Elemental, se pasa a la anatomía, la estatuaria, el dibujo geométrico, el dibujo al natural... de la Escuela Superior. Todo en seis años que serán un poco menos, pero todavía no hemos llegado allá.

   Hay que hacer una reverencia para pronunciar sus nombres: los escultores Florencio Gelabert, José Sicre y Teodoro Ramos Blanco; los pintores Armando Menocal, Esteban Valderrama y Leopoldo Romañach... entre muchos otros.

   "En el dibujo al natural, había un aula pequeña y una gran cantidad de alumnos. Cuando trabajábamos con modelo vivo, se hicieron varios grupos, y lo que se hacía era acortar el tiempo. A mí me tocaba el último, pero estaba allí desde el primer momento, me colaba si había un asiento libre, y aprovechaba todas las lecciones".

  -Ahora, al mirar atrás, ¿cuáles son los recuerdos más notables de esa etapa que persisten en su mente?. Acérquenos a ese profesorado tan notable y a su relación con él... 

      "Tenía muy buena relación en general, y guardo experiencias muy hermosas. Ellos sabían que yo siempre iba a la carga como presidente de la Asociación de Alumnos; pero yo era sumamente respetuoso; aunque siempre hubo quien quería expulsarme de la escuela. Luchamos para que en primer año se diera color y talla directa, y se logró.

  "Por ejemplo, el profesor Antonio Sánchez Araujo, me tomó tal aprecio que un día me llamó y me dijo: 'Mire, usted tiene grandes cualidades, deje la política y dedíquese más a la pintura, que puede perder los estudios...

   -¿Y usted qué le responde?

  "Con mucho respeto a esa muestra de confianza, porque yo lo veía allí como mi segundo padre, le digo: 'Mire profesor, se lo agradezco mucho; pero yo nací desnudo, y si pierdo mi estudio, mala suerte, pero no voy a dejar mis ideas, yo no nací con la beca'. Cuando lo designaron para hacer un cursillo de verano en el círculo de Bellas Artes, él me designó a mí como su auxiliar, y eso no era fácil, y nunca se me olvida.

  "No puedo olvidar al gran Teodoro Ramos Blanco. Me invitaba a almorzar los domingos en su casa. Era muy estricto, y había que limpiar el área de trabajo, no podía haber ni un poco barro en el piso, o te lo hacía recoger.

  "Valderrama, profesor de perspectiva, me invitaba a visitar  su estudio y recuerdo un día en que me recogió en su carro y me llevó para que viera y opinara sobre un retrato que estaba haciendo de Dominga Maceo, toda una personalidad (no sólo una de las hermanas del general Antonio Maceo, sino quien aclarará el nacimiento del héroe en la ciudad de Santiago de Cuba, y presidenta del comité que trajo los restos de Mariana Grajales, la mítica madre de Los Maceo, desde Jamaica).

  "Sicre, me presentó  a pintores famosos como Francisco Gattorno, y me hizo compartir con todos.

   "Alguien a quien recuerdo mucho es al profesor español Mariano Miguel, que daba grabado. Era muy severo, y en su clase el que cogía sobresaliente, podía darse por satisfecho, podía darse por premiado. Hablaba mucho en sus clases de la pintura española, de los grandes y yo lo oía muy interesado.

  "Había que llevarle un dibujo para que él lo aprobara,  pasarlo a la plancha, y luego hacer el aguafuerte. Yo le llevé el dibujo de un puño cerrado que representaba la lucha, que era mi propia mano, y los compañeros míos, que le tenían mucha roña por su carácter, me dijeron: 'llévaselo, a ver que te dice, y si lo quiere mejor, que lo haga él'. Cuando le enseñé mi dibujo a Mariano Miguel, me dijo que quería que lo repitiera. Me explicó los defectos, y me dijo que le llevara los dos dibujos.

   "Cuando salgo del aula, mis compañeros me estaban esperando muy interesados: '¿qué te dijo, qué te dijo? -Que lo repitiera.  'No repitas nada, que lo haga él". Pero yo sí lo hice, de acuerdo con sus indicaciones, y le llevé los dos dibujos. Fíjese en la diferencia, y me argumentó los detalles de uno y de otro. Cuando terminé el curso, recibí sobresaliente. Yo sabía que eso era un premio.

  "Yo quería venir para Santiago de Cuba. Entonces, vi a una aristócrata que la examinaron antes, y yo también lo solicité, diciendo que tenía una oportunidad de trabajar allá, aunque era mentira. Necesité hacer exámenes, y Mariano Miguel me comunica que no me iba a hacer ningún examen... Ya tú tienes la nota".

  "También recuerdo, cuando el profesor Menocal llegaba a la clase de paisaje en la finca Kolhy. Lo primero que hacía era buscarme, al oriental, porque él había sido veterano en la guerra, había obtenido grados de capitán, y todo eso lo había acercado a mí. Me llamaba el hombre culto, porque una vez estaba recitando un poema de José María Heredia Girard, de momento se le olvidó y yo seguí. Me dijo: '¡Ah!... ¿pero, usted se lo sabe? ¡No me diga, caramba!..."

   Privilegio, otro nombre no cabe para tales vivencias al lado de nombres míticos en el arte cubano; pero aún queda una gema de brillo especial, con el célebre autor de las  Marinas y La niña de las cañas: Leopoldo Romañach.

   La voz de nuestro entrevistado, cobra un matiz especial cuando cuenta uno de esos momentos en que la vida parece detenerse y hablar sólo para a uno mismo, de frente.

"DEJA QUE PASE EL VENENO"

  Un día sorprende al profesor Romañach, y ya eso era bastante, con la llamada paleta limitada (la utilización de los colores primarios, de ciertos colores; pero tratando que rindan en luminosidad y acabado tal como si se empleara toda la gama de colores). Esto lo había aprendido al lado de Rodolfo Hernández Giro.

   -Siga así, siga así. Agregue tal cosa, aquí es mejor el rojo de Sevilla... le diría el profesor, entre asombrado y orgulloso.

  "Yo era uno de los primeros en llegar a las clases y  él vio el interés mío. Un día me dice: 'Mire usted, no necesita venir al aula. Pinte donde usted pueda, donde tenga ganas, donde encuentre el color, en el lugar donde mejor se sienta. Cuando usted lo haga, tráigame la obra para hacerle la crítica".

   "Cuando vivíamos en San Rafael y San Miguel, en mi cuarto había un tren de cantina, y entre los repartidores, había un viejo blanco, y un negrito. Yo le hablé a ellos para que me posaran, y eso se lo llevé a Romañach. Lo veía y me hacía indicaciones..."

  Pero, tal libertad se erigió en obstáculo recio al final del curso. Mientras para Romañach no había otro que mereciera el primer premio, el resto de la tríada del tribunal, insistía en rechazarlos. Ya estaban las notas de otras asignaturas, y colorido seguía sin dar la suya... y aquello amenazaba con no acabar nunca. Entonces, el director de la escuela, lo manda a buscar:

  -Venga acá, Ferrer, ¿cómo usted presenta trabajos que no ha hecho en el aula? Eso no puede ser'

-Mire, yo estoy autorizado por el profesor Romañach... (Al escuchar su respetado nombre, el  director asintió: 'Si es así, entonces está bien'. Podría estarlo, pero la decisión no llegaba)

   "Yo voy a ver al profesor Romañach y le dije: 'Mire, maestro, no quiero crearle más problemas. Yo me voy a llevar mis trabajos...  para que acaben de dar la nota. Esta es la única asignatura que falta..." El artista se llevó las manos al mentón, muy despacio:

   -No, muchacho, deja que pase el veneno, deja que pase el

    veneno.

  Romañach no aceptó la disposición de las profesoras, se renovó el tribunal  y finalmente le dieron el primer premio.

LA PRIMERA GALERÍA DE SANTIAGO DE CUBA

   Uno podría imaginarse que la vuelta a Santiago de aquel trío de jóvenes graduados de San Alejandro, sería con todos los honores, era suficiente aval; pero entonces se equivocaría.  De eso, nada.

 "Nos dirigimos enseguida a la Escuela de Artes Plásticas para trabajar como profesores en la Escuela que radicaba en la calle Heredia, y empezó el tira y jala. Los otros tenían influencia de 'Mon' Corona, que era el gobernador y eso les facilitó el acceso; pero yo era acusado de comunista, y no me daban oportunidad; así que tuve que trabajar gratis... haciendo méritos".

    Pero, no todo sería zozobra. El amor de Bertha Estiú acaba en matrimonio, y la nueva familia acude en su ayuda. El suegro era sargento político de 'Mon'  Corona, y entonces aparece una plaza como... escribiente en el Gobierno Provincial. Se acomoda como trabajo en comisión para la Escuela de Artes Plásticas. Y así empieza a ganar 60 pesos, en realidad diez menos, porque... había que contribuir a los gastos políticos del gobernador.

  Empieza como profesor  de dibujo en 1943 -y hasta el 1950-, y aunque el escenario era otro, la lucha será la misma. La escuela estaba urgida de crecer y ascender desde el nivel elemental, con la inclusión de algunas asignaturas, y finalmente el ministro de Educación, Pérez Espino, aprobó el reconocimiento de la escuela al mismo nivel que San Alejandro, pero...

  Cuando le sucedió el nuevo ministro, el tristemente célebre Aureliano Sánchez Arango, emitió un decreto, echó atrás lo duramente conquistado y quitó la validez del título. Había que hacer la reválida en San Alejandro.

  "Eso provocó una revuelta grandísima en el estudiantado  y en los que ya se habían graduado. Se tomó el edificio de la escuela, se tiraron cosas para la calle... Intervino la policía, el ministro mandó a quitar al director y  a que se hiciera un Consejo de Disciplina a los alumnos implicados. Nosotros acordamos que cumplieran la condena durante sus vacaciones, porque de cierta manera, estábamos con ellos".

  Ante esa situación, el cargo vacante de director parecía  la cumbre de un polvorín, y ninguno de los propuestos aceptaba.

  -Yo me propongo... se escuchó en el fondo de la reunión. Todos aceptaron... encantados.  Antonio Ferrer Cabello desempeñó ese cargo hasta 1957.  

  "Los alumnos no querían ni matricular. Yo los reuní, y les dije que la escuela seguía, que nosotros, si era necesario, íbamos a matricular a nuestros familiares:

  -No podemos ahora batirnos en retirada, ni mantener una rebeldía sin futuro... y finalmente regresaron. La amenaza del Ministro seguía colgando, yo reuní al claustro y le dije que había que buscar el apoyo de la sociedad santiaguera y que había que hacer una galería donde exponer nuestras obras".

    Hasta entonces se exponía en las sociedades de recreo y clubes sociales, "pidiéndoles los salones por dos o tres días, porque ellos la necesitaban para sus actividades".

  "Todos los profesores se 'multaban' mensualmente, aquello fue creciendo y en el año 1953, vimos a una prima de Tejada en la Calle Heredia -actual sede de la corporación cultural ARTEX-, y nos alquiló toda la planta baja. Aquello se preparó. En 1953 se inauguró la primera galería en Santiago de Cuba.

   "Se hizo una exposición de grabado internacional que propició el pintor y grabador Carmelo González. Organizamos el Salón de Profesores, y de los alumnos más destacados de la escuela, con catálogo y todo. Empezamos a buscarnos socios protectores que nos daban un peso mensual. Se trajeron exposiciones de La Habana, y también se inició el conocimiento del arte moderno y la pintura abstracta. Trajimos exposiciones como la célebre del Grupo de los Once, y una del famoso pintor Eduardo Abela".

  "Se iniciaron  en ese lugar muchos eventos de grupos de profesionales, exposiciones colectivas del grupo del colegio de profesores de pintura y dibujo. La Galería estimuló conciertos, conferencias y empezó la Escuela de Danza Moderna dirigida por Manuel Márquez. El profesor Daniel Sierra Badué, encabezó una batalla legal por el reconocimiento del título de la escuela.

    -Era un año convulso, el mismo del asalto al Cuartel Moncada que encabezara Fidel Castro, y su propuesta era de clara apertura. ¿No tuvieron problemas?

   "La Galería era también un centro conspirativo, iban gente del movimiento 26 de Julio y del Partido Socialista Popular. Se hizo la revista Galería, dirigida por el profesor universitario, Jesús Sabourín, y era una de las mejores revistas de arte publicada en Cuba. La tiranía nos registró siete veces, pero nunca pudo encontrar nada"

     Luego, nos trasladamos unas cuadras más allá, muy cerca de la Iglesia que le da nombre a la calle, Santa Lucía. En aquel lugar, también se empezó a hacer el llamado Teatro Arena con el profesor Francisco Morín, a propuesta de José Antonio Portuondo, destacado intelectual cubano y rector de la Universidad de Oriente, que entonces estaba cerrada.

    "Era una intensa actividad cultural, donde no había élites. Entraban negros, blancos, pobres y ricos. Fue una institución que luchó por la integración social y racial. Luego, se logró una subvención de cien pesos mensuales que había que reclamar constantemente".

  En el año 1957, algunos de los integrantes de todo ese movimiento renovador,  participa en el Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, en Moscú. Pero aquello no se podía decir así. La cobertura fue la de una visita a los museos europeos.

   Un barco hasta Vigo, un tren a París, y de allí a Viena, donde se tomaba el tren para llegar a la capital soviética. No fueron pocas las postales que Ferrer Cabello envió de Italia y de otros sitios, contando de su experiencia en los museos, lo que no dejaba de ser verdad.

  -¿De qué manera le marcó aquel contacto con los maestros europeos?

   "Extraordinario, tomé muchas fotos. En Venecia, había que ver aquellos puentes y canales. En Florencia, las obras de Tintoretto, fuerte, impactante, grande, una composición violenta. ¡Y lo de Miguel Ángel! Hay unos esclavos que no llegó a terminar y otros en bruto, que parecía que iban a romper la piedra, y pude el David. Aquello no tenía desperdicio.

  "En El Louvre, me extasié ante las cosas de Rubens. Me sentaba a verlo, me dio jaqueca, me llegué a sentir mal, eran tantas  cosas en aquellos días. En El Museo de El Prado:  Las Meninas de Velázquez, delicioso, había un espejo dispuesto de tal manera, que uno parecía estar dentro del cuadro.  Y el arte negro de Goya, ¡qué impactante, que fuerza!. Pude ver las obras de Joaquín Sorolla, en su propia casa. Regresé con toda aquella carga, dispuesto a seguir en lo mío, en mi forma, pero con nuevos bríos".     

   En el ínterin, había tenido lugar, el escándalo que había levantado un mural suyo en el Instituto de Segunda Enseñanza, cuando los rostros de los luchadores Antonio Guiteras, Julio Antonio Mella y Pablo de la Torriente Brau, asustaron al director del plantel, y fueron borrados al amparo de la noche.

    Cuando Ferrer vuelve de Europa, le espera la noticia de que le han sustituido... "para que descanse".   

-Está bien, contestó Ferrer. Y volvió a ocupar en la escuela el puesto con que se había iniciado, el de profesor.

LOS ROSTROS INMORTALES

 ¿Cuántos retratos habrá pintado ya Antonio Salustiano Ferrer Cabello? A ciencia cierta, nadie lo sabe exactamente. En su estudio quedan algunos de los que jamás ha podido desprenderse, incluidos el repartidor de cantina de sus años de San Alejandro, o el de Abraham Lincoln.

   Su filosofía en este sentido, es muy personal y muy autorizada. Para algunos es el pintor de los trovadores, por la cantidad de retratos suyos que hoy iluminan las paredes de la famosa Casa de la Trova santiaguera; pero lo cierto es que alrededor de los rostros y las personalidades se revelan los más diversos matices.

  -Ferrer, cuando uno se enfrenta a uno de sus retratos, puede ver no sólo la singularidad física de  una persona, más o menos conocida, sino que puede asomarse más allá. ¿Cómo ha logrado impregnarle ese 'espíritu', ese carácter a sus retratos?

  "Cuando voy a hacer un retrato, siempre hago un estudio previo, para familiarizarme con las líneas y el carácter de la persona, y reflejar todo el aspecto que uno quiere.

  "Hay quienes dicen que en los retratos que yo he hecho, está la sicología de la persona que yo capto. En realidad, no me he puesto a pensar en eso; pero sí te digo que nunca he hecho un retrato sin hacer antes un previo estudio de la persona, de su carácter".

  -¿Cómo se logra el parecido de la obra al modelo real, escogido o encargado? ¿Cuánto se sacrifica en la creación pictórica en el afán de lograr la semejanza al modelo real,  en un retrato?

    "Hay personas fotogénicas, de esas que uno quisiera parar un momento en la calle, para tomar apuntes, o decirle:  ven a mi estudio, que te quiero pintar. Cuando hay un signo en el rostro, es fácil, agradable. Acentuando ese rasgo que puede ser incluso una mirada peculiar, una forma marcada de esa cabeza, se logra el parecido; pero hay rostros que no dicen nada, esos son los difíciles.

   "Romañach decía que no quería retratos, sino recomendaba que hicieran cabezas de estudio; porque el retrato limita, no deja desarrollar al pintor. A veces hay una obra con una fuerza, una pincelada fuerte, pero no se logra el parecido. Está bien artísticamente; pero sí, puede sacrificarse buscando el parecido, y eso en mi opinión, desmerita  la obra".

-Pero, usted se ha hecho autorretratos. ¿Cómo se ha llevado en esos casos?

  "A la hora de un retrato mío,  lo he hecho como cabeza de estudio, no un autorretrato por autorretrato. A veces se logra; a veces, no. Nunca lo hice con la intención de suavizarme un rasgo, ni nada de eso. Estudio conmigo mismo".

 -¿Por qué pinta a Abraham Lincoln?

  "Por encargo de la Sociedad Luz de Oriente, una sociedad para la gente de color  -raza negra-, debido precisamente a que Lincoln había posibilitado la liberación de la esclavitud con la Guerra de Secesión.

  "Es un retrato que me ha gustado, y varios han querido comprármelo. En verdad, conocía poco de él, más allá de lo que todos conocemos sobre esa figura. Cuando me encargan el retrato, fui a buscar datos sobre él, me leí dos biografías para saber como era su carácter, cómo había llegado a presidente de los Estados Unidos, y todo cuanto podría saberse.

   "Fui a buscar lo humano, no sólo lo histórico, y sólo después comencé a hacer dibujos, en papeles, era todo un laboratorio sobre Lincoln, hasta que decidí hacer el retrato. Lo hago a partir de una foto que precisamente concordaba con mi manera de pensar, y de buscarlo, y recreo el fondo".

-¿Dónde hallamos los lazos que le unen a los trovadores, a toda esa casta de genios populares que usted ha pintado?

  "Yo iba a pintar y a conversar en el 'puestecito' de  Virgilio Palais, que quedaba muy cerca de mi estudio, y me reclamaba cuando yo no iba  a visitarle más a menudo. Me tenía mucha estimación. Allí se reunían todos los trovadores. También yo era asiduo a Trocha, entre San Agustín y Santa Rita. Bajo un árbol, se reunían cantidad de esta gente, que tocaban muy bien.

  "Cuando finalmente en los 60, se arma la Casa de la Trova, seguía visitando el lugar. Después de tener conocimiento ya de algunos, iba para que me tocaran música, y a hacer apuntes de dibujos.

  "A algunos los hice a través de fotografías como a Miguel Matamoros (Son de la Loma, Lágrimas Negras) y a Salvador Adams (Sublime Ilusión). Al trovador Pablito Armiñán, si lo pinté en vivo. Todos los días, me caía atrás. Tuve que hacerle el retrato, sentado en el corredor de la Sociedad Luz de Oriente, llevé mi caja de pintura y le hice el retrato conversando con él, haciendo anécdotas de sus amigos trovadores".

 -El escritor José Soler  Puig (El Pan Dormido, Bertillón 166), me estuvo contando toda una historia sobre el retrato que usted le hace, y que él prefirió el boceto... ¿Cuál es la historia completa?

       "Sencillo. Lo conocía desde muchacho, era mi vecino en Santa Lucía, y quise hacerle el retrato para regalárselo; pero no podía venir a posar. Entonces le tomé personalmente una foto y le hice el retrato. Conocía al personaje, y eso me alentó.

Primero, terminé el boceto y me puse a comenzar el retrato en serio de Soler, y recuerdo que ese boceto le gustó mucho a ese gran pintor que fuera Pedro Arrate.

"Bueno, le entrego el retrato a Soler, me lo agradece; pero cuando vio el boceto, le gustó más. Un día me dice: 'Mira, chico, llévate el retrato y dame el boceto. Le gustó más el estudio previo. No creo que el retrato estuviera mal, hoy está en la sede de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), en Santiago. Son cosas así, suceden".

  -Y por lo que me dice, no suceden una sola vez...

   "¡No, que va!. Mira, yo tenía de compañero a Alberto Saba, un escultor santiaguero que había estudiado en París. Le  dije que iba a hacerle un retrato de artista a artista:

  -Sí, es un honor... ¡como no!

   ( Y le posó, hasta que un día el pintor pone el toque final)

  -¿Qué te parece? 

 -Ah, muy bien, pero... no podrías, vaya, arreglarle un poquito aquí, en el párpado

-No, Alberto, yo te dije que te pintaba de artista a artista, y no toco más el retrato. (Aquel cuadro no se iría con su protagonista)

    Pero, todavía hay espacio para otra historia, diametralmente opuesta. Todavía era Ferrer estudiante de San Alejandro, cuando el padre le aconseja que pinte a Don Enrique Schueg, familiar de Bacardí, el dueño de la fábrica de ron, y un hombre de muy holgada posición económica.

   Para ello, toma como base una fotografía en la que está sentado en su buró y tiene la pluma en la mano. Cuando el acuarelista José  Bofill Cayol  puede verlo, tuvo elogios para aquella obra.  Schueg, entusiasmado, cuelga la obra en su casa, y manda a llamar al hijo de Ferrer:

-Bueno, dígame... ¿Cuánto usted quiere por este cuadro?

-Mire, Don Enrique, yo no lo he hecho por dinero... ni nada de eso. Lo hice para regalárselo. ( Aquel potentado, extrae despacio de su billetera, cien pesos. Era la primera vez en su vida que el imberbe Ferrer tenía a su alcance, semejante cantidad, entonces nada despreciable)

-¿Con esto es suficiente?

  Tomarlo, dar las gracias y salir corriendo eufórico para su casa, fueron la misma cosa. Pero, aquello no paró allí.

  "El pintor español Samaniego, le  hizo un retrato de otra forma, llegó a su casa y descolgó el mío, para darle una sorpresa. Cuentan que cuando Schueg llegó, llamó incómodo a su ama de llaves: ¿y el retrato del hijo de Ferrer?...  Bueno, la cosa es, que yo recogí el retrato de Samaniego, de la basura".

EL CRECIMIENTO DE UNA FUERZA EXTRAÑA

 El Museo Emilio Bacardí, el más antiguo de Cuba, tiene una envidiable pinacoteca.  Durante su etapa como director de la prestigiosa institución, casi toda la década del 60,  Ferrer vio transformaciones estructurales. Las obras de esa colección fueron ubicadas como se presenta hoy, en un segundo nivel, que entonces no existía.

    El contacto con obras de tal magnitud, y esa responsabilidad, agregaron un hilo más de brillo a su trayectoria.

     Una vida feraz que se había iniciado a las luces de Santiago, el 8 de junio de 1913, hijo de Esteban Ferrer Vargas y Manuela Cabello. Muy pronto comenzarían las historias a cercarle, tan temprano como la fecha de su nacimiento, que en los documentos oficiales, aparece con un año menos. Pero, eso también tiene su explicación.   

   En su caso, habrá que buscar la referencia fidedigna en la Fe de Bautismo. Aquella familia era numerosa... ¡13 hijos! y los libros del registro de Inscripción no acababan de llegar a Santiago. En algún bolsillo se habían "perdido" esos recursos. El tiempo fue pasando... hasta un día.    

  "Entonces, a mi hermana Carmen, que tampoco estaba inscrita, se le pidió que lo hiciera y ella hizo la lista de los hermanos... pero como era la mayor, se quitó un año y se lo quitó también a todo los demás y por eso aparezco en el 1914, pero lo correcto en mi caso es la fe de bautismo".

   Desde 1960 ocupa el estudio en el que hemos conversado. Aquí hay esbozos por doquier, paletas, libros sobre pintura, los mismos que dice "visitar" frecuentemente, como Van Gogh, Matisse, y Picasso, algunos de sus preferidos.  Cuando no está pintando, muy fácilmente, puede usted apostar: está haciendo acuarelas o tiene la plumilla en la mano.

   En una esquina preserva una especie de galería mínima de obras suyas, de su padre, y apuntes de su tío. La escultura de amplios cabellos de su hijo Vladímir -tempranamente fallecido- parece mirarnos. Otros dos de sus vástagos se han dedicado a las artes plásticas: Guamá y Guarionex, nombres con lo que rinde homenaje a la raza indígena cubana.

   "Mis obras son parte de mi afecto y de mi cariño. A veces me cuesta desprenderme de ellas, por eso no he vendido más. Siempre me pongo a pensar que le voy a pedir. Nunca he tenido obsesión con vender. Me sujeto a todas mis obras". 

  -Antonio Ferrer Cabello, ¿qué desea usted que sienta el público cuando se pare frente a una obra suya?

  "Te voy a contestar con una frase de José Martí: '¡Triste aquel que delante de un cuadro hermoso, no sienta en sí, el crecimiento de una fuerza extraña!".

   

Inicio | Quiénes somos | Artistas | Serie Limitada | Noticias
Fotoreportaje | Exhibiciones | Contactenos

©2003 Eastern Cuba Cultural Association. Todos los derechos reservados.
Todas las imágenes están registradas como propiedad intelectual de los artistas.
¡Advertencia! Todas las obras de arte en este sitio web son protegidas por los derechos de la propiedad intelectual y no deben ser reproducidas de cualquier forma sin la autorización expresa y escrita de los propietarios del copyright.
[ Terminos y condiciones ]