Roel Caboverde Yacer - Entrevista

El Hijo del Mar

Por Reinaldo Cedeño Pineda

·        SUMARIO:

La nobleza de un hombre. Un viaje de las raíces, de Isla a Isla. La intensa búsqueda de un estilo propio.  “Al primero que deformé fue a mi hijo”. El futuro y el drama, está en el mar.

  Dicen que Baracoa, justo en el extremo del Oriente cubano, es la ciudad de las tres mentiras... por el viaducto de La Farola, un alarde de la ingeniería capaz de arrancarle una carretera a la falda del macizo montañoso, y que sin embargo no “alumbra”; por aquello del Yunque de Baracoa, una meseta solitaria que caprichosamente recuerda esa forma, y que no es de hierro...

    Y por el río Miel, que sólo lleva aguas al mar; aunque tal vez, en eso de la dulzura de su corriente, haya su poco de verdad. En sus márgenes, el cacao, el coco y el plátano se enseñorean, toman savia de la corriente y le dan su aroma.

   Pero, al lado de las “tres mentiras” hay más de “cuatro verdades” que hacen del lugar, ese emporio natural donde Dios echó su bendición. Una ciudad verde y añil, acariciada por ola y sal; que blasona en su escudo de que “soy la más pequeña, pero seré siempre la primera en el tiempo”. Ello alude a su condición de Villa Primada de Cuba, en 1512.

  Su Iglesia, Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa, Patrimonio Nacional, guarda en una urna, La cruz de la parra, que coincide en el tiempo, con la que plantó el Almirante Cristóbal Colón a su llegada a tierra cubana.

   En esta región, investigadores y antropólogos han demostrado la subsistencia de suficientes rasgos físicos y  sedimento cultural, para ubicarlo como el lugar donde resultan más cercanas, ciertas huellas del pasado indo-cubano, sobre todo la parte taína.

   Bajo estos sortilegios, nació Roel Caboverde Yacer, precisamente frente al mar, un 20 de noviembre de 1947; pero a los ocho años, tuvo que dejar de verlo, porque su familia buscó el sustento en campo adentro. Pastorear reses o cortar caña, sustituyó sus juegos, pero nada pudo impedirle soñar.   

  “Mi madre era auxiliar de limpieza en un hospital. Mi padre no tenía ni trabajo, y así empezó mi vida en La Poa, a unos 6 kilómetros de la ciudad. Me crié en casa de un tío mío... En una escuelita rural, ¡había que ver mi libreta de Matemáticas y Español, siempre estaba llena de muñecos!”

   Y lo siguió estando, cuando se traslada a Moa, localidad un poco más al norte de Cuba. El polvo rojo se pegaba a su camisa y a los zapatos, porque el suelo del lugar está impregnado de material ferroso. El color lo perseguía, y como reza el refrán: “Del lobo, un pelo”: entró a un taller de pintura, pero... como pintor de brocha gorda, y naturalmente, apenas aguantó unas semanas.

   Mas, Caboverde no es de los que se rinden, y su insistencia logró frutos. Ya era un paso, alcanzar la plaza de rotulista en la fábrica minero-metalúrgica Pedro Soto Alba, y “y con eso agradaba a mi mamá que todavía estaba en el hospital, porque vio que me estaba encaminando”... pero debió partir a cumplir el período de servicio militar general.

   “No crea que paré en eso de la pintadera, no. Me puse a pintar las paredes, hice murales a petición, de Fidel, del Che, de muchas cosas. Vino la muerte del Che, y lo pinté varias veces, a mi manera, pasando trabajo, porque maestros; eso los tuve después de viejo”.

   Como la noria, seguía Caboverde girando alrededor de los pinceles y volvió al importante centro fabril, donde esta vez se le propuso estudiar Dibujo Técnico, “pero no era la línea mía. Y entonces, salí a la calle, diseñé gráficos, murales políticos en las calles... hasta que en 1982, se me metió la idea fija de volver a mi ciudad natal, a mi Baracoa”. Y no se equivocó.

 EL “GUAYASAMÍN CUBANO” O COMO DEFORMÉ A MI HIJO

      Parecía un muchacho con juguete nuevo. ¡Había que verlo, no cabía! Otra vez, su mar lo recibía... aunque todavía le restaba viajar hasta la capital provincial, Guantánamo, donde se forma como Instructor de Arte. 

  “Aprendí la teoría, de la que no sabía nada  y profundicé en la técnica, que ya dominaba un poco autodidactamente. Me gradué en 1987 y hasta el momento, voy ejerciendo como profesor de la Casa de la Cultura, con grupos de adultos, y niños de círculos infantiles”.   

   Caboverde rompió con una tradición, tal vez muy consecuente con el exuberante paisaje que rodea la ciudad. “Empecé por el paisaje, pero me di cuenta que no era mi fuerte. Aquí hay super maestros como Orlando Piedra, y entonces me dediqué  a buscar una línea, a buscarme a mí mismo, y empecé a deformar la figura humana.

   “Mira, yo empecé a hacer algunos paisajillos con temor, y algunas figuras, pero nada real, más bien surrealista. Me fui adentrando en esas figuras y las fui deformando y deformando, y es lo que actualmente tengo. Logré estos ‘muñecos’ inventando, haciendo experimentos.

   “En el realismo todo está hecho ya, tú tiras una foto y lo sacas, ahí está;  pero lograr el estilo de uno, ya eso es otra cosa. Es lo que creo que he logrado, y aunque no estoy satisfecho, algo tengo.

      -Cuando uno se asoma a su pintura, aprecia una influencia, digamos un homenaje al pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín, por esa insistencia y esa fuerza plástica preferencial en las manos... ¿Hasta dónde llega esa admiración?

     “¡Guayasamín!... cada vez que veo una obra suya, siento algo increíble, y no es que lo copie, guardo en la memoria las cosas lindas que hacía, antes y ahora que ha desaparecido. ¡Y esas manos, los pies!. Por supuesto, trato de reflejarlo a mi manera y en cada cuadro, le doy fuerza a las manos y a los pies. Quizás no le dé demasiada importancia el rostro, pero sí a las manos”.

   -¿Qué encuentra de especial en las manos para tanto detenimiento?

  “Para mí, son símbolo de la cubanía, porque son la que han dado la libertad. Y si no eres capaz de hacer algo con las manos, a través del trabajo, del esfuerzo, no eres nadie, ni haces nada. La mano es parte fundamental de la belleza del cuerpo”.

   -¿Su primer  “muñeco”, como usted dice, cuándo lo hace?

   “El primer retrato que yo hice, fue deformando a mi hijo, y en cada pintura hay algo de mi hijo, sus labios gruesos, sus gestos... y por supuesto, en cada cuadro hay un sentimiento mío”.

    La bondad de Caboverde, es lo primero que me encontré cuando estreché su mano trabajadora, en el pequeño cuarto  que le sirve de estudio, en su apartamento del reparto conocido como Reforma Urbana. Por eso pregunté a su hijo, que también ha estudiado pintura, a riesgo de que el juicio venga de tan cerca; pero yo le creo:

  “Mi padre me ha enseñado a no tener miedo en la vida. Conozco a muchos pintores, y creo que sus obras tienen una gran fuerza conceptual: pero en el orden humano, es un hombre que nunca se queja, y hay pocos como él: no tiene un átomo de maldad”.  

EL AMOR DESBORDA CUALQUIER FIGURA

   Las obras de Roel Caboverde Yacer: las Marinas, polimitas (pequeños caracoles autóctonos del país, dotados de llamativos colores), mujeres negras, pescadores, gallos, cañeros... han salido de su Baracoa al mundo, con su sello inequívoco. Ha expuesto en Holanda, Francia, Italia, Alemania, Estados Unidos, República Dominicana, Costa Rica y Japón, y esas geografías están continuamente ampliándose.

   Ha logrado estilizar un símbolo de nuestros campos y árbol nacional: la palma real. Su penacho verde, transmutado en aspa; su esbeltez en talle especial.

     “Una vez  me puse, y tuve semanas y meses tratando de lograrlas, hasta que pude pintarlas al natural. Entonces, las estudié; busqué  algo figurativo para que en cualquier lugar que  vean una palma, digan que en Estados Unidos o en Japón sepan que  esas palmas son mías”.

     -¿No teme repetirse, con esos trazos geométricos en las palmas, o en otras figuras?

   “A primera vista, pudiera parecer a algunos que hay reiteración, pero no es así. Hay que saber mirar bien la expresión de cada rostro, cada composición. Por ejemplo, pinto  un cuadro de mi madre y usted haya angustia, hay temor; y luego puede pintar otra vez a mi madre, la madre con los ojos vivos. La diferencia aquí, está en la estado de ánimo en que la pintes... Pablo Picasso era una maravilla con toda su geometría, aquello del cubismo; pero yo a quien siento de veras cerca es a Guayasamín.

  “Hay un cuadro que se llama Despedida: un pescador con el pincho en la mano, otro arrastrando una embarcación, y la mujer abrazado de él, y eso tiene su drama, en la mujer que despide al hombre. Cada hombre que va al mar, la esposa debe despedirlo, porque se esta jugando la vida. Puede entenderse de muchas maneras. En la pesca, o en cualquier actividad en este medio, el mar es siempre es una dolorosa separación.

   “Además, yo no sólo pinto al obrero, al pescador, a la palma. O al gallo, que es un símbolo de la procreación y de la vida; yo jugué gallo cuando niño y fui a vallas de gallo... Yo pinto sobre todo, el amor de las mujeres, de las cosas; y el amor desborda cualquier figura y cualquier geometría.

   “Soy un hombre enamorado de la vida, y pinto el romance; a la mujer porque ese el encanto que da fuerzas para vivir, y el sexo, que es algo divino; pero mi familia es lo más lindo que tengo, 3 hembras y un varón, y esa es mi vida. Sin amor no pinto, el pintor que no tenga musa no se puede considerar un pintor... estas son mis locuras de pintor, y mis obras son mis vivencias.

-Hablando de vivencias, supongo entonces que su relación con la caña ha sido no sólo muy cercana, sino también muy profunda, por la profusión de obras sobre el tema...

  “Yo tenía 14 años, y ya cortaba caña, eran 8 ó 10 horas trabajando. Allí supe en realidad que era un campo de caña, el vigor que requiere sacarle el jugo a la caña. En el servicio militar, también la corté. En el trabajo del cañero no sólo hay belleza, sino un gran, un grandísimo esfuerzo. Hay que ser fuerte para fajarse ‘de mocha a mocha’, al lado de un compañero, en esa emulación, en ese esfuerzo que se hace para ir un poco más adelante, aunque apenas sea un plantón. Yo lo hice y me sentía feliz, porque trabajaba para mi pueblo y para mi gente... pero también deformo la caña, y la pongo azul, roja, de mil maneras.

 “Y pinto al hombre en el cañaveral con su alegría y sudor, y a la mujer, y el amor en la guardarraya.  Un cañaveral es un mundo, y la caña tiene una poesía muy linda. El que nunca ha estado allí, el que nunca ha cortado caña, no lo sabe”.

   -Y el mar, por supuesto, su pincel, si me permite, tiene cerdas de alga, huele a sal... 

    “... La vida del mar es algo maravilloso. La pesca submarina es el deporte más lindo que hay, es riguroso y te exige coraje. A veces te tienes que enfrentar con tiburones. Hace tres o cuatro años, pescando en el Golfo, una tormenta nos cogió, a mí y a unos amigos, y nos llevó hasta Maisí, en la punta de Cuba. Era noche cerrada, tenía motor el bote, pero la corriente era muy fuerte y nos arrastró.

    “Tuve accidentes, corridas de morena,  que te dan ‘dientazos’ como si te enterraran miles de alfileres. Tengo en el brazo la marca de un ‘chapín o pez torito’, pero te juro que cuando lo subí al bote, me lo comí crudo. Lo mismo he cazado submarino que he cogido langostas. Cuando tú estás con un cordel en la mano, la picada es una sensación increíble.

  “A veces me ponía a pescar, y me concentraba viendo el mar. Se me iba el mundo, viendo tantos colores”. 

MAMÁ CARIDAD

  Y es que del mar le viene la sangre, la piel esclava, la de su bisabuela. De esas islas echadas en el borde de África, cual esparcidas en el Atlántico por una mano poderosa. De Cabo Verde, a golpe de vela y látigo, con un profundo canto en la garganta, llegó Mamá Caridad.

    “Yo soy blanco y soy negro, y tengo familia de todos los colores. Mi bisabuela era una ‘negra totí’con unas tetas grandísimas, y por eso mismo pinto a las negras con las tetas grandes. Mi bisabuela fue esclava, le decían Caridad Cabo Verde. Tengo más de un cuadro a los que le he puesto Mamá Caridad, pero no la recuerdo exactamente.

  “Los rasgos, los pinto de mi imaginación y he tomado también de las negras pregoneras de Baracoa. Recuerdo que ella hacía dulces, y tenía una nobleza que no sabría definirte. Creo en eso, y amo lo mismo al harapiento que al rico, no hago distinciones”.

   Este hombre ya no puede pescar submarino como desearía, y no es la media centuria, que eso apenas lo detiene. Una afección de várices, agravada probablemente por su pedaleo constante, de la escuela a una pequeña parcela agrícola, en los años 90; terminaron alejándole de su pasatiempo favorito. 

   Pero, Caboverde no es hombre de lamentarse, ya se sabe. Una sorpresa aún nos aguarda: “Lo más difícil no ha sido pintar, o trabajar la tierra, sino esta entrevista”.    Y adivino la botella, que le ha ayudado a soportar una tensión que sin embargo, ha sabido sortear con una sinceridad hermosa.

   Mire, mire el mar, me dice. “Yo, ya no puedo pescar, pero no importa, tengo el mar ahí. Me quedo mirándolo fijo, y me parece que veo el futuro, que diviso la vida.”

   

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