Ruben Manuel Beltrán Guerra - Entrevista

LA MANO DE DIOS

Por Reinaldo Cedeño Pineda

SUMARIO:

Reverenciar la naturaleza. Una musa traviesa que pinta y canta. Que la belleza no pase de largo.  “Todos somos hijos del mismo padre”. Manzanillo, una ciudad que vive en sus ojos. “Soy un aprendiz del paisaje”.

  El pintor volteó la espalda... aquellos ojos, ¡eran dos diamantes clavados en el lienzo!  Absorto como estaba, el señor titubeó, echó manos a la primera disculpa que pudo, y apretó el paso.

   La escena volvería a repetirse, mas esta vez, una frase sería puente para el diálogo:

   -¡Verdad que es linda esta calle!, dijo. El artista, esbozó una sonrisa:

   -Amigo, venga acá. ¿Cuántos años lleva usted de vivir en este lugar?

   -Pues mire, desde que nací.

  -¡Caramba... ¿y ahora es que usted se da cuenta que esto es lindo?

   Un desconcierto breve, apenas perceptible. El interlocutor no andaba desprevenido y echó sus razones:  -Sí, usted sabe, por aquí paso todos los días... pero he visto toda esa hermosura ahora, que usted la ha pintado. Y a sólo unos metros, se asomó al original, esta calle de Manzanillo, que descendía ligeramente al mar.

   Rubén Manuel Beltrán Guerra dejó el pincel y salió a recorrer la ciudad, esa que un día le diera los buenos días de su existencia, el 20 de agosto de 1966.

LA CIUDAD DE MIS SUEÑOS

  “Pinto mi ciudad, me motiva su arquitectura variada; pinto porque algunos no comprenden esa belleza que se está perdiendo. Esto me preocupa y estoy tratando de captarlo en mi pintura.

   “Recuerdo, que yo estaba pintando un techo de tejas cerca de mi casa, y mira... las personas esperaron que yo terminara para arreglarlo. En otra ocasión estaba pintando una casa, y la iban a repellar, y yo le dije: ¡No!, que la estoy pintando...

 “Siento un gran amor por la arquitectura cubana y me horroriza que estemos construyendo casas de placa, con el techo encima de la cabeza. Me alegran ciudades como Santiago y Trinidad que se están conservando, se va tratando. No por gusto hoy, se construyen hoteles que recuerdan estas características de nuestra arquitectura colonial.

  “Quizás todo tiene que ver con un sueño muy recurrente, una ciudad muy bella que no he podido fijar en detalles. Tal vez buscando, entre Trinidad, Manzanillo o Santiago de Cuba, esté la ciudad de mis sueños.  También soñaba, así de fácil, que levantaba los pies y volaba por la ciudad. Y ahora,  cuando sueño, me levanto muy activo, muy despierto, porque soñé con algo que me da placer”.

     Cuando uno le escucha, sabe que ya ha plantado su bandera en esa ciudad, o acaso, ha encontrado puerto. Entretanto, las quimeras de su niñez siguen empecinadas en guarecerse en su mente. Las imágenes de cartón de El gato con botas y La Caperucita Roja, que le acompañaron en su cuarto, fueron atesoradas casi hasta que alcanzó la altura de su papá Rubén, algo que le parecía increíble entonces, y que por cierto, dibujaba con bastante facilidad. Era una familia de artistas.  

   “Mi tío René Beltrán, también dibujaba muy bien, y por parte de madre, todos son campesinos y tengo unos cuantos primos  que son pintores y músicos de inspiración. Mi hermana Georgina,  adornaba sus libretas con una elegancia, una gracia, y hasta hubo quien les entregaba los álbumes de quinces para que ella los decorara”

    “Recuerdo que cuando yo estaba en segundo grado, un profesor repartía crayolas y tenía un compañerito llamado Luis que casi siempre ganaba;  pero... un día, mi trabajo fue el mejor y cuando salí al receso sé fajo conmigo. Cuando salimos de la escuela, me estaban esperando él y dos más y ya tu sabes... Llegué a mi casa con lágrimas, pero la historia es que mi pintura esa vez, había sido considerada mejor.

   Aunque Rubén, Rubén Beltrán no era de lágrimas precisamente. Cierto día soñó que vencía a un león y esos temores infantiles que todos tenemos, se enredaron en aquella melena imaginaria y no volvieron. Eso sí, era un poco ensimismado, de esos a los que se le crispan las manos y se les hace un nudo en la garganta, porque no hallan la palabra precisa, Y entonces, la tomaba con cualquiera, pero...

     “Un día de esos, de problemas, me fui caminando hasta el mar para sosegarme y me di cuenta que sí, que me tranquilizaba y nadie me preguntaba nada. Se me fue quedando esa costumbre y eso me tranquilizaba. Luego, me iba para el parque Masó, el Malecón, y me sentaba en un muelle cercano y descubrí un día, peces transparentes y también a los pelícanos cuando se lanzaban al agua, y tu veías los peces en sus bocas, en sus bolsas. Y a las toninas... era fascinante ver los peces voladores, como expandían sus aletas. Son recuerdos que tengo aquí”.

     “Manzanillo es una ciudad pesquera, con una vista al mar muy linda. Su luz ha influido  mucho en mi, con sus colores muy contrastantes, entre los verdes y amarillos. ¡Gracias a Dios, Manzanillo tiene una luz brillante, intensa. Una luz que no deja de ser luz ni en la sombra”.

NADIE TIENE LAS LEYES DE LA ESTÉTICA  O  PARA LA NATURALEZA NADA ES IMPOSIBLE

      “Pasé la Escuela Elemental  de Artes Plásticas de Manzanillo. Lo que se hacía era dibujar mucho y trabajé con tempera, el último año. Yo vengo a pintar con óleo sólo hace 5 ó 6 años. Lo primero que hice fue La placita, desde el techo de mi casa, la trabajé bajo el sol, y apenas sabía entonces de aglutinante. Me da mucho trabajo llegar a lograr algo, y  ya puedo confesarte que le he perdido el miedo al color”.

    “Cuando estaba en esa escuela, me mandaban a observar en los libros de La Pinacoteca de los grandes genios; pero siempre me molestaba que cada vez que veía un paisaje, veía que las sombras eran casi manchas negras, y que no había diferencia en la forma de las hojas.

   “Eso me motivó ver el paisaje con más detenimiento. Y, la hoja de anón no es la misma que la del aguacate, ni la del tamarindo; ni la de coco es la misma que la de la palma, aunque se parezcan. Y hasta lo verde es diferente: verde con un fondo azul, verde con un fondo rojo, verde con ocre. Admiro al pintor cubano Tomás Sánchez”.

      Las arenas de Tarará, en el Occidente cubano, se le iluminaron cuando allí mismo,  logró el derecho a estudiar en la Escuela de Artes Plásticas José Joaquín Tejada, de Santiago de Cuba; en esa verdadera quebradura de nervios que se conoce como “pase de nivel”.

   La mocedad de entonces, sus experiencias, y tal vez su imaginación   -ante la perspectiva de un lugar tan famoso por su rebeldía-, le hicieron percibir continuas riñas que prefirió evadir. Y decidió seguir algunos consejos: “Mira, estudia una carrera universitaria...”.

    Tuvo opciones para ser piloto, ingeniero forestal... pero como el cauce siempre lleva las aguas al mar, se juntaron el magisterio y el arte  y tomó la Licenciatura en Educación Plástica, de la que emergió profesor, más preparado; pero no todavía... pintor

   “Comencé pintando paisajes rurales, sobre todo bosques tupidos, y siempre había un haz de luz, una salida hacia la claridad, tal vez es un símbolo. Yo iba creando el paisaje sobre el lienzo; a veces empezaba una idea y terminaba con otra. Podía tener una montaña de fondo, pero encontraba que las montañas me quedaban bien, y entonces me daba lástima taparlas, y variaba el paisaje”.

 -Asumimos naturalmente el reto que significa convertir en material artístico, un fragmento de un paisaje, urbano o rural; pero, ¿acaso eso mismo, no establece limitantes a la creación, no tiene que cumplir ciertas leyes en tonos y colores?

     “Trato de captar el paisaje lo más fiel posible, porque siempre he pensado que soy un aprendiz del paisaje, aunque pueda resaltar un color, aumentar un detalle. El día que tal vez no esté en mi ciudad, creo que en cualquier otro lugar del mundo, pudiera pintar un paisaje de Manzanillo, porque tengo esos elementos en mi memoria”.

  “Cuando comparo el natural con el lienzo que yo he pintado, me doy cuenta que estoy lejos todavía, muy lejos, porque sólo  Dios pudo lograr esa armonía entre los colores. Tú miras un atardecer en mi pueblo, y ves aquel rojo intenso, un amarillo estridente; el violeta al lado del amarillo, porque para la naturaleza nada es imposible.

   “Hay quien dice que el color no puede ser tan vibrante que hay que matizarlo, pero yo no creo en eso. Tú puedes poner un dorado o un plateado en un paisaje, lo importante, es la relación de ese color con los demás. Yo trato de captar la naturaleza que Dios creó, y eso para mí, es un orgullo inconmensurable”

  “El mundo del arte ha tomado tantos caminos, tantos vericuetos y callejones, hasta sin salida, que no hay ningún dios todopoderoso que tenga las leyes de la estética; nadie las tiene. La belleza en Japón, por ejemplo, puede hallarse en los luchadores de sumo, unos gordos gigantescos; en Italia, la mujer escuálida; y en Cuba, la mujer que no tenga nalgas... Cualquiera puede decir: ‘Esta obra no me gusta’, pero que está mal, ya eso es otra cosa. La naturaleza es caprichosa, y todo le queda bien”.      .    

  -¿Cómo selecciona un paisaje? ¿Cómo tomarle su respiración? 

     “Si me gusta un lugar, voy por la mañana, al mediodía, por la tarde; a ver cuando me gusta más. Me gusta pintar en contacto con el paisaje, primero dibujo y allí descubro cosas nuevas, aunque la haya observado miles de veces. Y milímetro a milímetro, descubres lo que vas a representar. Me gusta estar directo al paisaje y conversar con las personas; aunque hay momentos, naturalmente, en que uno se queda mudo, concentrado. Incluso, hay personas que me han invitado a subir al techo de sus casas o al balcón, para pintar. Un grande, Da Vinci, dijo: Cuidado con los maestros, la naturaleza es más sabia”.

-El mercado suele ser benévolo con los paisajes y los paisajistas; al menos, cierto sector del mercado...

   “Te digo mi caso. Pinto por placer y por eso me da tanto trabajo vender las piezas. Me duele mucho deshacerme de ellas, porque son mis vivencias, son piezas únicas, en las que he creado cosas que jamás pensé, cosas que yo mismo me quedo asombrado. No todos los personajes tienen la suerte de vivir de algo que les dé placer.

  “Tengo que aprender porque los hijos uno los concibe, los cría y los educa, pero tiene que ser su propia vida y tengo que hacer de tripas corazón, para que hagan su vida lejos de mí”.

-¿Cree usted que pueda establecerse una línea común en los pintores del Oriente cubano, que en realidad los singularice?

   “He conocido a gente que ha vivido en La Habana, o en grandes ciudades; en los Estados Unidos, en otros sitios... y siempre tienen el anhelo por llegar a su pueblo, a Manzanillo que es un pueblecito sencillo, pero es que las personas sienten apego por su terruño, dondequiera que estén.

  “Los pintores orientales están muy influenciados por la naturaleza que les rodea, y por sus características culturales y sociales. Hemos sido criados, al menos en mi caso, en ese compañerismo, esa solidaridad, en el amor por la tierra... pero es mejor no hablar de diferencias, de pujar en las diferencias de regiones, o de países, porque todos somos hijos del mismo padre”.

   -Hablando de terruño ¿Se siente marginado de los salones capitalinos?

   “Nunca trabajé para un salón, para un concurso. Algunos que conozco, por trabajar para salones, para un concurso, cuando no ganan, se alteran; tal vez hasta sus obras decaen. El premio del público es el que me interesa, y a mucha gente le gusta lo que hago. Tal vez lo tenga, por no buscarlo.

  “He llegado a la conclusión de que le gustara al mundo lo que yo pinte, o no le gustara; pintar para mí es como respirar, y por tanto no lo dejaría de hacer por nada”.

UN CRISTAL NADA FRÁGIL

  Manzanillo está en un diálogo permanente con el Golfo del Guacanayabo, un lugar en que la ínsula se abre, como la boca de un caimán. Justamente la configuración geográfica de Cuba, por su disposición peculiar, alargada y estrecha, es comparada no pocas veces con ese animal.

  Como fecha oficial de reconocimiento se conmemora el 11 de julio de 1792, y su nombre responde a un árbol llamado así mismo, manzanillo (Hippomane mancinella, Lin)  muy abundante en sus zonas costeras. Hoy, sólo queda uno, el resto ha tenido que ser cortado, porque el árbol es sumamente tóxico.  Incluso dicen que con su resina era utilizada por los indios para envenenar las flechas.

 El biólogo cubano, Juan Tomás Roig, apunta que “es muy caústico, y algunas personas son tan sensibles a él, que les reposar bajo la sombra de un manzanillo para sufrir su acción en la piel, y aún inflamaciones”.

  Pero, Manzanillo, no es tierra de venenos, sino de cultura. La revista manzanillera Orto (1921-1957) es referencia obligada en la historia  de la cultura cubana. Un grupo de intelectuales de la talla de Juan Francisco Sariol, el poeta Manuel Navarro Luna, Luis Felipe Rodríguez, y Julio Girona (padre e hijo), nuclearon allí, lo mejor de la cultura nacional e hispana; mas no fueron remisos en declararse “amantes del prestigio de la ciudad que fue su cuna y que les ofrece el orgullo de ser manzanilleros”.

   Un eco que no ha cesado, porque a la ciudad le han cantado, la orquesta Original de Manzanillo, y el improvisador infinito de la música cubana, Cándido Fabré. También, los trovadores y todo un pueblo, que disfruta las retretas en su parque central, con la famosa glorieta morisca, inspirada en la del Patio de los Leones, en Granada, España.

  Esta es la ciudad de los órganos musicales, esa especie de caballero antiguo en época de sintetizadores; con su mecanismo de manivelas, fuelle y música grabada en largos cartones perforados. Una tradición que vino desde París, que se arraigó y tuvo diestros fabricantes y tocadores en los Fornaris y los Borbolla.

  Desde aquí, partió en los 80 del  pasado siglo, aire vital para la renovación del espectro radiofónico nacional, y es tierra fértil para el arte popular. Recta en su desempeño, como el paralelismo de sus arterias principales.

  Toda esa es la savia de tradición que circula por las venas de Rubén Beltrán, quien dice tener una “musa traviesa”.  No sólo el pincel, su polifacetismo es capaz de inspirarse en  “un vitral o a un zapato, hasta durmiendo me sale una canción”. De hecho, ha decidido no dejar más en la memoria los temas que le vienen a la cabeza, uno tras otro, y habrá llenado ya varias libretas.

  A cada paso, está siempre marcando el ritmo con las manos, los pies, y la voz. Su estatura le hubiera bastado para ser atleta, pero quería ser bailarín de ballet. ¡Ni loco!, gritaron los prejuicios. Minuciosamente ha trenzado su pelo, y cualquiera diría que como Sansón, se esconde en ellos, no sé que de misterio y ya forman parte inseparable de su imagen.

  Lo cierto es que, casi un desconocido, cuando llegó y resultó laureado en el Salón Bacardí, en Santiago de Cuba, se le tributó premio merecido a una técnica cultivada a golpe personal; a una identificación honda y pertinaz con el paisaje, cual si se mirase en su propio espejo.

   A partir de un dibujo, le ha llegado el beso sorpresivo, o ha nacido algo más; empero, en su vida hay un pasaje muy serio, del que no ha olvidado ningún detalle:

 “Yo era un alumno muy torpe, me costaba hacer una línea recta, regaba los colores, y... tal vez querían sacarme, no sé, sobre todo uno de los profesores. Me pusieron una prueba bien difícil: un vaso plástico en escorzo (de frente, con la boca inclinada y  con vista al fondo), sobre una banqueta alta, sobre una tela con sus pliegues y todo. Detrás del vaso, una botella blanca de cristal acostada; luego, una botella verde redondeada y de pico largo, y  detrás de esta, otra botella siena, casi negra.

   “Yo tenía que representarlo todo con un lápiz, un dibujo como si fuera una fotografía en blanco y negro. Era muy difícil; porque los cristales tienen toda esa cantidad de luces, de transparencias, brillos y contraluces.

    “Yo me he preguntado como yo al llegar allí, al ver que estaba separado de mis compañeros, no me puse nervioso. Primero, me dije que sí, que era tremendo ’bárbaro’; pero luego he creído que ‘me llevaron’. Cuando yo entré y vi el modelo, aquello tan difícil, ¿por qué, no dije? : ‘eso no lo puedo hacer’.  Eso era una prueba como para un alumno de cuarto año, y yo me sentí dispuesto, como si otras veces lo lo hubiera hecho. Sentí  como cuando uno se introduce en el agua, y todo le queda lejos...”

  -¿Finalmente?

   “Este profesor, preguntó si yo había estado solo, y efectivamente... no pudo hacer otra cosa. Logré los cien puntos, el máximo. Creo, que ese trabajo no lo hice yo: ‘me tomaron de la mano’, para darle una enseñanza a este señor”.

-Dice haber sentido a Dios, al menos, tener una cercana prueba de su presencia. ¿Acaso lo ha visto? ¿Se ha propuesto pintar a Dios?

   “No he visto a Dios en la pintura, pero sí su grandeza, su inconmensurable poder y amor. No es mi propósito pintar a Dios, ni adorar a la creación por sobre su creador. Me gustaría que a él le gustaran mis obras, con eso me conformaría”.

   

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